Contrariedad o fracaso

En la vida siempre nos vamos a tropezar con reveses grandes o pequeños:

  • Recibimos un encargo pero nos sale un problema imprevisto

  • Necesitamos financiamiento adicional pero nos deniegan el crédito

  • Se produce un requerimiento a nivel de cliente, pero prefieren a otro candidato

  • Se reestructura la industria y nuestro producto figura entre los que desaparecen

La contrariedad se vive como un fracaso, y la experiencia del fracaso da rienda suelta a los pensamientos negativos. En adelante nos resistiremos a enfrentar retos similares, no sea que se repita la experiencia. Al mismo tiempo imaginamos que otras personas observan nuestra ineptitud, la juzgan y nos condenan por ella. Es tan triste como cierto: los fracasos tienden a dejar mas huella que los éxitos. Una conducta percibida como metedura de pata hace dudar de uno mismo y anula incluso una larga serie de victorias.


Pero ¿qué es el fracaso en realidad?

Si los miramos positivamente, los dos primeros ejemplos anteriores no son fracasos sino simples contrariedades en el camino, o tan sólo unos retos a superar. Y si esos ejemplos pueden considerarse así, ¿por qué no también los demás? Aunque, desde luego, el no conseguir un cliente sí reviste mayor carácter de revés personal y rechazo. En cuanto a la salida de la industria, se complica con la posible inminencia de cambios profundos en la vida del empresario. Pero vistos desde la perspectiva correcta, todos ellos son desafíos, y no razones para tirar la toalla. La realidad es que los jueces más severos de nuestra actuación somos por lo general nosotros mismos. Muchas veces el veredicto que tanto va a repercutir en nuestra autoestima se basa en indicios muy débiles.


Veamos el caso de Sara:


A los dos meses de su emprendimiento le piden a Sara que realizase una presentación importante para una empresa grande. En su empleo anterior sólo había realizado uno o dos presentaciones de nivel mucho mas modesto, motivo por el cual estaba no poco nerviosa. Preparó y ensayó concienzudamente su presentación y comprobó que las ayudas visuales y los equipos y los equipos funcionasen a la perfección. Su exposición, aunque un poco tensa, fue bastante competente. Los directivos la escucharon sin hacer ningún comentario y cuando había terminado, el presidente le dio las gracias con breves palabras. Luego, como había otros asuntos que tratar, le dijeron que podía retirarse que le avisaban su respuesta.

Desde cualquier punto de vista objetivo Sara había cumplido con eficiencia y profesionalidad, pero ella salió de la experiencia convencida de que había sido un desastre y de que acababa de demostrar su incompetencia en frente de todos. La perspectiva de tener que hacer otra vez algo parecido en el futuro la aterrorizada y la creencia de haber fracasado en esa oportunidad perjudicó notablemente su confianza en general.

¿Cómo era posible que el juicio de Sara se apartase tanto de la realidad?

  • El primer error, en lo tocante a su autoestima, fue conceder tanta importancia a la reacción de sus oyentes. Esa presentación para ella tan trascendente, para ellos no fue sino un evento más de una reunión larga y tediosa. Ella interpretó los semblantes inexpresivos y la ausencia de preguntas como un fracaso por su parte, cuando en realidad eran producto de una agenda demasiado cargada y una desatención por parte del público, como lo demuestra la sequedad del agradecimiento y la invitación a abandonar la reunión enseguida. Lo paradójico es que si, los consejeros se hubiesen dado cuenta de la dificultad que representaba el encargo para Sara, a lo mejor habrían agradecido mas expresivamente el esfuerzo. Pero lo único que vieron fue a una joven que presentaba con eficiencia una explicación rutinaria para ella. Tan clara y completa, además, que hizo innecesario cualquier turno de preguntas.

  • El segundo error de interpretación por parte de Sara consistió en exigirse demasiado a sí misma. Sólo admitía la perfección y exageraba fuera de toda medida cualquier pequeño fallo, en el que quizá no había reparado nadie más.

Los errores se producen así todos los días. Vemos fallos donde no ha pasado nada, sentimos el dolor de la humillación, y procuramos rehuir en adelante las experiencias de ese orden. No todos los reveses , desde luego, son producto de percepciones equivocadas.


Todos estamos expuestos a cometer errores que son seguros, innegables, pero la sensación de fracaso es algo que añadimos por nuestra propia cuenta.


Incluso cuando hemos sufrido un auténtico revés no conseguimos verlo como un reto para volver a empezar, o una invitación a cambiar de línea de conducta: quedamos convencidos de que el fallo está dentro de nosotros. Evidentemente, el afán de no repartir experiencia es un intento de reducir la futura incidencia de errores semejantes, pero llevada al extremo tal estrategia nos conducirá a no asumir nunca ningún riesgo ni ensayar de nuevo. Situación que claramente no conduce a ningún logro, y ruinosa para la confianza en uno mismo. Pero por otra parte, no tiene sentido empecinarse en la línea que conduce al fracaso. Así que necesitamos una estrategia que, además de reducir la incidencia de los reveses innecesarios, nos proporcione recursos para aceptarlo de buena forma en caso de que se produzcan.

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